Tras una tormenta de luz, abrumada por una ceguera blanca como al de
saramago, no podía caminar. La selva amazónica de las miradas ajenas
perpetraba en mí la sensación de que fuera había un mundo hostil del que
era mejor refugiarse desde dentro. Siempre preferí la mano amiga, la
cara conocida, pero la tormenta continuaba y yo debía obligarme a salir.
Recordé su voz al otro lado del teléfono, esa voz sosegada; aquella que
no conoce más que el lado bello de la vida y todo lo que produce es de
ese lado.Yo sólo deseaba poder entrar en esa mirada y ser partícipe,
huyendo así de todo quello que no me gustaba. Él me instaba desde su
ingenuidad a abrir esa puerta, que tanto me atraía pero de la que me
resistía porque no sabía lo que iba a encontrar dentro.
No puedo
decir con exactitud lo que obtuve al abrirla. Pero fui cauta. Me vestí
con mis mejores galas, dispuesta a asumir el lado bueno de las cloacas. Y
no es casualidad que diga esto, es que el lugar al que llegué era
oscuro, maloliente, invadido por risas estridentes y de alcohol barato.
Me dolía el pecho, pero me obligué a seguir por ese laberinto. Y sí, era
cierto. En él también encontré una mano amiga, mil manos amigas, de
esas que vienen aunque no sea para quedarse. Me embebí de una risa
contagiosa, de un interés mutuo por compartir mundos para-lelos. Vi a un
ser atrayente, vestido de blanco, a lo ibicenco. Y él mismo me dijo que
más de una vez le habían llamado Jesucristo. Y claro, ahí se desató mi
recuerdo. Ortega y Gasset explicando que las Salomés buscan a un hombre
de ideas, un "homo religius". Me convertí en Salomé por una noche, sin
quererlo; sin buscarlo. Le expliqué que ella es la presa que se lanza
sobre la fiera. E, igual que ella, no pude poseerlo, aunque yo no me
quedé con su cabeza. Pero entendí que, en medio de esa tormenta de
luces, de sombras y de ideas, ese homo religius no era el fin, ni el
final de la historia. Más bien me dije que fuera hay mil historias que
esperan a que yo les de forma; que el ansia que me invade puede abrazar
al mundo, a ese mundo inesperado y en ocasiones cruel que hay fuera. Las lágrimas afloran en mis ojos de forma constante; son estos
cambios y el puro devenir al que me resisto en forma de erizo. Pero ya no quiero ser un erizo
No hay comentarios:
Publicar un comentario