No recuerdo cómo empecé a tener conciencia del mundo. En todo caso
podría hablar de un despertar de letargon en medio de un sueño infinito,
donde millones de imágenes se me aparecen, con un poso de melancolía.
Nunca se me dio bien defenderme. Todo a mi alrededor me era ajeno, y
sólo estaba cómoda dentro de mi propio mundo. El sentimiento océanico
freudiano me acompañó,tal vez, demasiado tiempo: sólo quería satisfacer
mi ello, mi bienestar, y el mundo externo se me presentaba como una
amenaza que quería rechazar. Y por ello me convencí de que me faltaba
inteligencia, adaptación; que, como dijo Einstein, adaptarse es de
inteligentes. Y no, no sabía defenderme de esas amenazas que me venían
desde fuera. A pesar de ser un mar embravecido que arrastra un peso desmesurado e imaginario.
Hoy, en cambio, me gusta como soy.
No hay comentarios:
Publicar un comentario