Mi padre hace de su vida un
tesoro, y yo atesoro en mi memoria los momentos que me brinda. Su felicidad es
intrínseca, como mi nostalgia. Él valora la vida desde dentro. Yo contemplo el
valor del tiempo y de su compañía desde la distancia. Como espectadora. Queriendo aprender a atesorar y finalmente
empaparme de esa sabiduría que siempre me acompañó de cerca pero desde el
principio gustó de ocultarse de mi saber hacer. Escribir para mí se ha vuelto
un acto subversivo. Ya no concebía la idea de dedicarme este tiempo a mí, de
enfrentarme a los pensamientos que me invaden y dejar prueba de ellos sobre la
pantalla o sobre el papel. He estado dormida sabiendo que lo estaba. En un
sueño consciente y seguramente necesario. Y ahora que he cogido el teclado sin
ese miedo que tanto he conocido, tengo miedo de soltarlo, por si este
atrevimiento se vuelve a ir para siempre.
Por si me vuelve a invadir la sensación de que nada, y menos yo, tiene importancia. Pero
qué somos, sin materializar lo que somos.
Me siento culpable por todos los
vicios dañinos que he adquirido desde que vivo en esta casa. Yo los tomé como
un acto de rebeldía que no me atrevía a hacer cuando vivía en casa de mis
padres. Pero es una libertad falsa y perjudicial. Allí con ellos también tuve
durante un tiempo la sanadora costumbre de escribir. Aunque no lo valorase. Aunque
pensase que escribir sólo tenía sentido si podía ser algo contemplado y
valorado por los demás.
Me he sentido encerrada en mi
propia guarida, de forma voluntaria. Como un aletargamiento, como un dejarse
vencer. Agradezco hoy a la joven desconocida que iba en el autobús por
devolverme las ganas de escribir. Ella estaba a mi derecha, abstraída en su
escritura, mientras yo pensaba en lo incómodo que sería escribir mientras el
autobús se mueve, y con los anillos que llevaba. Uno en el dedo gordo y otro en
el índice. Me debo estar haciendo mayor, pienso, mientras observo ese
pensamiento. Y ha sido cuando he pensado en lo subversivo que es escribir en un
autobús. Escribir en general. Como si fuese un privilegio, cuando sé que no lo
es, porque está al alcance de mi mano.
Hoy he estado en una cafetería al
salir del trabajo, y hasta eso me daba miedo. Dejar de seguir mi rutina tan
bien estudiada, perder unos minutos de estar en mi casa, cuando sé que una vez
allí no tengo ningún plan e intento llenar el tiempo fumando y escuchando
contertulios. Y allí he pensado observando a la gente que me gustaría haber
podido teletransportarme a Madrid, estar en una cafetería, con tiempo, pudiendo
tomar decisiones importantes para el país. Fingiendo ser una persona de
influencia para los demás. Sentir que mi vida tiene sentido por eso. Porque lo
que yo hago y pienso importa. Normalmente no me siento así en el trabajo. Normalmente
siento que intento llevar a cabo un comedido que no me está permitido pero
siento que debería estarlo. Pero mis ángeles de la guarda siempre me dicen que
contemplo la vida de una forma demasiado trágica. Y que me puedo convertir en
la persona que quiero ser. Por eso esta mañana me he levantado con ganas de
dejar de ser una espectadora, para poder convertirme en esa persona a la que
admiro, y que llevando su sangre no puedo ser. Porque mi historia es distinta. Y
voy persiguiendo mi propia historia, y censurándola después.
La única etapa de mi vida en que
me permití escribir, fue cuando dejé de sentirme bajo presión, cuando me
permití a mí misma expresar todo lo que pensaba. Y aún así la presión no
desaparecía del todo. Me juzgaba por no escribir lo suficientemente bien, por
no ser tan buena o por no tener historias interesantes que contar. Y sin
embargo fue cuando más hermanada estuve conmigo misma. Con mi dolor, con mi
agonía, con mi esperanza. Cuando a través de la escritura conseguía estar en
paz conmigo misma. Porque era mi manera de escucharme con compasión. Con objetividad.
Saliendo de mí para volver a entrar. Después eso cambió. Y aunque fue bajo mi
responsabilidad, tampoco me sentía con la intimidad suficiente para poder
hacerlo. Me sentía coartada en una relación donde se me vigilaba, cuestionaba y
condenaba. Y no me pareció tan extraño, dado que era lo que yo acostumbraba a
hacer conmigo misma, y esta vez simplemente había alguien desde fuera que lo
cercioraba.
A veces me asusta salir. Me asusta
ir a eventos donde voy a ver a otras personas que para mí son hostiles o
suponen una amenaza. Donde no soy capaz de expresar lo que realmente pienso,
porque ni yo misma sé a veces si es producto del miedo a no ser suficiente, o
de la honestidad.
Ahora mismo tengo miedo por
escribir. Miedo de avergonzarme una vez pasado el tiempo y me ponga a leer todo
esto. Y a la vez me siento feliz de haber superado, no sé si momentáneamente,
ese miedo.
He pensado mucho respecto a cómo
sería la persona que quiero ser. Me he exigido mucho a lo largo de mi vida. Ahora
creo que todo lo que quiero ser es feliz. Esas pequeñas cosa a las que he
restado valor siempre. Reír por cualquier tontería. Quitarle hierro a las
pequeñas vicisitudes de la vida. Dejar de tomarme tan en serio. A veces he
dejado de tener fe en mi trabajo. Me he sentido una fracasada, y peor aún: una
farsante. He sentido que yo formaba parte por temor de esa farsa que tanto
detesto. Pero creo que puedo reconducir la historia desde dentro. Y conquistar
mi propio espacio de libertad. O en este caso, reconquistarlo. Me cuesta
entender a la mayoría de la gente. Me cuesta entender el valor de las banderas
y las ganas de dar pasos hacia atrás. me cuesta entender que cada día todo sea
un poco más difícil y vayamos perdiendo libertades, y en lugar de denunciarlo,
actuemos como si fuera lo normal.
Mi padre ha leído Ordesa porque
yo se lo pedí. Ha terminado el libro antes que yo. El autor del libro y mi
padre son los responsables de la primera frase de este, no sé cómo llamarlo;
supongo que diario. Hace tiempo que perdí la fe en mi propia voluntad, en que
soy capaz de cambiar las actitudes que no me gustan.
Hace tiempo que siento que no avanzo. Pero creo
que hoy estoy dando un paso. Y no quiero juzgar si grande o pequeño. Siempre he
sabido que lo que más me cuesta es llevarme bien conmigo misma, estar en paz. Pero
le he ido restando valor. He pensado que eran más importantes otras cosas, como
tener influencia. Escribir. Crear. Dejar un
pequeño grano de arena en este caos de voces que es el mundo. Y lo hacía
tomando el camino equivocado, es decir, sin remover la esencia. Sin cuestionarla.
Desde la crítica más feroz a mi persona.
He tenido muchas veces la
dolorosa sensación de que no le gusto a las personas que me quieren. Que se
cansan de verme en ese bucle. Pero dentro de la marea, no se ve con claridad. Yo
sabía que tenían razón, pero no sabía salir de ese abismo. O no me creía las
herramientas que encontraba a mi paso.
No me siento cómoda con cualquier
persona. Tengo miedo de que me conozcan y no gustarles. Tengo miedo de no
gustarme yo. Tengo miedo de que esas personas no me entiendan y me hagan daño. Tengo
miedo de arrastrar mis traumas por toda la eternidad. De no saber encauzar mis
pensamientos. De no hacerle bien a los que tengo a mi lado. Es por eso que
busco personas que siento que dan pasos de forma más segura, consigo mismos y
con los demás. De quienes encuentro un cariño (casi) incondicional. De quienes sé que antes de cerrarme una
puerta, me van a llamar para intentar comunicarse de verdad.
De pequeña era yo quien ayudaba a
los demás. Ahora son los demás los que me ayudan a mí. Y yo solo intento estar
a la altura de ese amor.
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