Se abre el telón. Luz de penumbra, casi imperceptible.
Una voz en off lee una carta que la chica que está en escena ha escrito. Es una carta de amor. Cuando la carta se termina, la luz se vuelve menos tenue y se la ve más.
Ella está asomada a la ventana de su habitación, fumando un cigarro. Después se da la vuelta y suelta una bocanada mirando al público. Coge una copa de vino de la mesita y le da un sorbo. Es de noche, más bien de madrugada.
Ella no puede dormir, ha intentado leer pero no puede; ha intentado escribir pero no puede; y fuma, y bebe, y contempla el cielo que esa noche muestra una luna confusa entre las nubes.
De repente, sonríe. Primero tímidamente, después esa sonrisa se convierte en una sonora carcajada y vuelve a dar otro sorbo al vino. Porque hay algo de lo que se ha acordado, y coge un papel que hay encima de la mesita.
- Pero, ¿cómo pude escribir esta parte? Qué vergüenza... me da miedo decepcionarme. Me da miedo volver a equivocarme. Me da miedo
que me decepciones. No quiero sembrar en ti la muerte y el gemido. No
quiero volverme dependiente de ti para que luego me abandones. Que me
abandones como Horacio a la Maga, como la Maga a Rocamadour, como
Pizarnik a Cortázar.
Ahora, mira al público. Y habla. "Es taba tan feliz cuando escribí esa carta. Parece como si hubiesen pasado meses, y apenas ha pasado una semana. ¿Cómo es posible? Yo venía de celebrar mi cumpleaños, sin ti. había salido de trabajar tarde, y pasé el resto del día de farra. Pero volví pronto a casa, no quise que la noche me sorprendiera de repente, porque quería reunirme en una carta contigo. Yo te estaba conociendo, como ahora. Pero el momento era reciente, muy reciente. Y me obligué a escribir sobre ti. Porque tú me alentaste a volver a escribir, me dijiste que no debería dejar de hacerlo; que realmente lo hago bien y llevaba demasiado tiempo sin hacerlo. Me encantaba que comparases mis poemas con acordes y bulerías. me encantaba que el lenguaje dela literatura desde tus ojos se tornase lenguaje musical. Y escribí por ti. Para ti. Y porque contigo no tengo reservas, y casi se puede decir que no tengo miedo. No el miedo al que estoy acostumbrada. Es un miedo diferente. Con los otros sé que tarde o temprano me llevaré una decepción. Contigo en cambio la atención la pongo en mí. En si mi mirada es tan limpia como la tuya. Para cerciorarme de que mis dedos serían capaces de acariciar cada milímetro, sin acabar arañándote; cansada como estoy del juego de intercalar la víctima con el verdugo.
Sabía que acabaría mandándote esta carta, porque soy impulsiva y al final me puede el deseo de comunicación por encima de todo. Pero también sabía que me iba a costar mucho, porque desnudar mi alma, aunque sea ante ti, aunque sepa que contigo no he de sentir vergüenza, implica un riesgo. y no me importaba que leyeras el principio, porque es literario y me gustaba la idea de compartir contigo mi amor por Rayuela. Pero luego la cosa se iba a complicar. Ibas a ver una parte de mí que no conoces, los miedos que sí me invaden y tienen que ver más conmigo que contigo, y son tan reales. imagino tu cara al leerla. Asustado. Bloqueado. Y admirado a la vez. Cualquiera en tu situación se asustaría. pero yo sabía que tú estarías a la altura. Lo que me daba miedo es no estarlo yo. Y creo que no me equivoqué.
Cuando recibí tu respuesta estaba impaciente; no podía esperar más. Al principio tuve miedo, por un instante, por si me había equivocado contigo y resultaba que sí que te habías asustado. Y al principio, cuando me llegó, me puse muy nerviosa. leyéndola, se me caía de las manos y perdía el hilo. Se me mezclaban las hojas y ya no sabía por dónde me había quedado. La leía a trompicones de los nervios que sentía y no entendía nada. Hasta que me relajé y pude serenarme y seguir el hilo. Lo que me costó...
No sólo estuviste a la altura
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