No me podía creer lo tonta que estaba ese día; bueno, más bien, no entendí por qué me perdía eso de la vida en mi vida en general, el juego constante que hoy me invadía como un estallido que necesita vivirse y aplacarse... así que llegué con mis mejores galas a una cita que sólo yo sabía cuál sería su fin. Y claro, tras mucha conversación superflua que esconde demasiado detrás, me atreví.
Es mucho más difícil hacerlo cuando no es lo que se espera de ti, cuando la persona que te mira no tiene ni idea de las ideas sucias que pasan por tu cabeza, cuando eres alguien que parece que "no va en ese plan". Tal vez la mayoría de la gente está acostumbrada a ese mundo; yo no.
En el pasado, además de la falta de ese deseo de jugar, también estaba el miedo a que se hablase de mí, de mi intimidad, porque no deja de tratarse de una persona desconocida que tiene en su ¿poder? tu identidad, tu intimidad. Así que, al despedirnos, le dije que si podíamos vernos esa noche. Yo sé que él no lo esperaba. Es un chico tímido pero con chispa, con ese humor negro que hace que yo me suelte y le diga las barbaridades que ahora pienso y sería capaz de decirle. Y, bueno, su reacción fue la de un chico que no espera nada de la vida, cuanto menos de mí; que cuando una mujer le propone ir a su casa a cenar, bueno, no piensa que tendrá esa suerte; piensa que será por gusto y que más bien es algo anecdótico y nada fuera de lugar. Pero... qué va. Y eso es lo difícil.
¿Cómo romper el hielo con alguien que jamás intentará nada, a no ser que tú tengas el coraje de decirle exactamente lo que quieres? con el añadido, además, de que se lo digas y 1) su cerebro explote y no sepa reaccionar, 2) que al final todo el morbo que desprende sea sólo en apariencia y tenga unos ideales -o unos miedos- tan señalados que anteponga éstos por encima de su deseo. Y 3) (no lo quería ni pensar): no soy su tipo. Oh, dios mío, por qué. No puede ser. En el fondo sabes que no puede ser, que desde el principio te habló porque le pareciste atractiva, incluso por el hecho de que seas mayor. Te habla del culo de otras. Te dice que es soltero. Te cuenta que le gusta ver pasear desnuda a su vecina. Construye frases que comienzan con un "cuando tenga pareja..." Dios mío, la cuarta opción. ¿Y si confunde esto que quieres con amor? No, por favor. Que no se enamore. Que no te odie. Que no se vuelva un despechado enamorado. Porque tú nunca vas tan a saco, teniendo tan claro lo que quieres.
¿Cómo se puede reaccionar? si no lo sabes, porque nunca has sido así. Y ahora... ahora eres así porque echas de menos jugar. Porque el sexo no puede ser algo monótono, para cubrir una sed de orgasmo que podrías obtener en solitario. Y ¿cómo obligar a la otra persona a jugar? soy exigente, requiero un participante al que le apetezca jugar, no alguien a quien tenga que obligar. Y claro, tú eras mi víctima. Porque se nota que quieres. A lo mejor era lo que yo quería ver... pero algo me dice que sí, que quieres. Cómo no ibas a querer...
Y entonces, puntual, aparezco en tu casa. Con una botella de vino. Te pregunto dónde está la ventana por donde horas antes me contabas que tu vecina se desnudaba para que la miraras. ¿Por qué no? ella puede participar. Después me siento contigo, bromeas, claro. Sabes bien romper el hielo. ¿Qué hielo? preguntarías tú todavía, que no sabes a lo que vengo. Que piensas que las chicas te ven como un amigo, que tal vez eres tan tímido que hablas siempre, pero nunca lo intentas. Y entonces, cuando ya vamos algo ebrios, te lo digo:
- Oye
- dime
- uhm.. bueno, déjalo
- joder, ¿qué pasa?
- Nada, quería saber... quería saber qué me dirías si te contara que tengo fantasías sexuales contigo, desde esta mañana, desde antes de que quedáramos
- te diría que te ha sentado mal el tinto
(claro, salida fácil)
- no, no, que es verdad. No sé, te imagino ahora, aquí conmigo, uf, haciendo todo lo que has querido hacer en tu vida. Te agarraría la cintura con mis piernas, me desnudarías poco a poco... y pasaríamos horas en tu cama. Conociendo mi cuerpo. Conociendo yo el tuyo. Sin tabúes. Sin prisas.
Y claro, no me dejó terminar...
Después pensé en contarle todo esto, tener el valor de decírselo. Y entonces me entran los miedos reales que no existen en la literatura, porque, por una vez, no es miedo a que me enganche, no es miedo a que sólo quiera sexo... es miedo a que rechace que yo busque eso, o que me rechace a mí, por lo que sea; es miedo a que se lo cuente a la gente... pero más que nada, a que te siente mal, a que no entiendas por qué hoy y no hace un año, cuando nos conocimos. Y qué sé yo. Lo último que querría es explicar, debatir, razonar... Te diría:
- Mira, creo que puedo tener buena química contigo. Creo que somos diferentes, de acuerdo. Pero me llevo bien con tu pragmatismo, con tu humor pícaro, con tu timidez bien disimulada. Con el hecho de que sé que deseas, si no a mí, al puro deseo. Que sé que puedo satisfacer. Porque esto es literatura, aquí cabe lo que yo quiera, aquí me puedes entender sólo con mirarte; no te vas a asustar si te digo que me apetece todo: lo harás de verdad, sin titubear, y ya está.
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