miércoles, 11 de mayo de 2016

Esa Sonrisa

"Yo soy su ángel. Sin el amor de Sofía  no existo" (La ardilla roja, Julio Medem)

Seguía igual, acurrucada en la esquina de la sala de estar, contemplando el cielo desde la ventana. Esa mañana no había ido a clase de pintura. A esa sala donde se encontraba con un olor penetrante nada más entrar, y, donde al llegar, a veces la inquietud parecía desdibujarse para entrar en un espejismo de formas aún por hacer, donde el enigma fácilmente se descifra desde los propios dedos; donde las preguntas se responden sin tener que formularlas.
Allí uno se convierte en espectador y partícipe; las vidas ajenas la arrullan, y son tan distintas a la suya, que no puede dejar de sentir curiosidad por experimentar sensaciones ajenas, esas que ella sabe que sólo se podrá imaginar; en su tendencia a querer ser todo el universo a la vez. Para poder entenderlo todo.
Pero, en lugar de eso, se ha quedado en casa, muerta de miedo.
Y se ha puesto a escribir.

- No quería tener que escribirte. Pensé que podría quedarme en este domingo soleado y tempranero, perdida dentro de mí misma; buscando el consuelo en la música lacónica que quisiera protegerme de las calles llenas de ceniza y soledad asfixiante. Claro, ya sabrás lo que estoy escuchando. Pero el impulso que me lleva a dirigirme a ti, es el deseo envolvente de que formes parte de mi historia. Últimamente no hacen más que venirme recuerdos de vidas que no viví. Me viene a la mente un parque en otoño, y una música en escala menor de piano; una chica disfrazada de mimo. Quién sabe. Podría haber sido yo.

Pero, en ese momento, deja de escribir. Y es ahora cuando sabe que él -que cualquiera- pensaría que ésta es una mala historia. Que su estilo es siempre trágico y carente de hilo conductor. Así que, ¿para qué seguir? 
"Voy a salir a la calle", -se dice- y cuando lo hace, busca ese parque.
Con esa música en su cabeza. Pero no encuentra.
Un señor mayor se acerca, la mira, sus ojos están perdidos; ella sabe que nisiquiera la está viendo, y que se acerca porque, aunque no sabe, necesita del contacto ajeno. "Como yo" se dice ella.
Le gusta que el viento azote su cara, pasear sin rumbo su melancolía. Porque, en el fondo, sabe que todo lo que ansía hallar, no está fuera.
Pero no puede dejar de buscar. De mirar sin tocar. De tocar sin poseer. De poseer sin valorar.
"Pero la vida es tan maravillosa, -se dice- que no alcanzo a entender por qué no dejo que me arrastre con ella. Donde me tenga que llevar".
Y querría que fuese suficiente, no sentir la pérdida cuando piensa en la técnica perfecta de Da Vinci; cuando contempla el amanecer, y las aves migratorias que sobrevuelan cuando conduce con miedo hacia un camino, que sabe, no la salvará. Nada la salvará. Ni la risa ni la paz que encuentra en su padre. Porque, al final, va con su olor a cuestas; un poco enmohecido, de tanto regarlo, para luego secarse.
De tantas lágrimas que se han enquistado en su estómago en forma de tensión, de defensa. De voz apagada. Por tener que llevar una máscara cada día ante los ojos que la contemplan. Tener que fingir que está ahí, que necesita lo mismo que los demás. Porque nada ha cambiado. Sigue, igual que en su infancia, esperando poder colarse por una rendija para no tener que ir al colegio, o como ahora, poder huir con esas aves migratorias, irse con ellas a contemplar el amanecer. Ese precioso amanecer que es lo único que devuelve el sentido, que la hace volver al aquí y al ahora; pero, en lugar de eso, observa desde el coche a las personas -pocas personas- que madrugan, toman su cámara de fotos a cuestas, y se quedan a observar. Y a inmortalizar ese  momento del día.
Querría que eso le diera la fuerza, la energía suficiente para enfrentarse con aquello para lo que no ha venido; la vida real que azota desde fuera, la lucha diaria para la que tal vez no está preparada.
Pero la enfrenta. Con el estómago encogido. Y el paso firme. Y la voz le tiembla porque cree que no tiene derecho a estallar. A comunicar eso que lleva al mundo. Pero en realidad desearía ser como Corre Lola, corre, y huir. Y que la siguiera quien quisiera. No tener que obligar a nadie a nada. Vivir de su propia sed. Y no avergonzarse ante los que la conocen de verdad de no ser capaz de estar bien en el ajetreo, en el barullo, y que en el fondo, cree que los demás siempre son más felices, más completos... más sencillos.
Y por eso, cuando vuelve, procura relajarse, y buscar fuera lo que no encuentra dentro, para que eso la ayude a sacarlo, y gritar ahí lo que en otros sitios no puede.
Pero sabe que se enfrenta al mismo fantasma aunque el decorado cambie. No se siente parte de ningún sitio, de ninguna casa, de ninguna cama; todo lo mira con distancia, con angustia.

Se ha acabado el paseo solitario, pero, antes de irse, se vuelve a mirar. Y ríe, porque se acuerda de Lost in translation, y se siente arropada por Charlotte, la estudiante de filosofía, acompañante eterna de un marido con la vida hecha. Humilde y trágica, piensa que no sabe hacer fotos, que escribe mal; nunca se encuentra. Y por suerte, sabe que a ella también la acompaña Bill Murray, en la distancia.

- Hubiese querido no tener que volver a casa, encontrarme contigo, que me cogieses del brazo y guiaras mi camino. Porque no sé escribir, no sé decirte lo que quiero porque no encuentro; y a veces prefiero no introyectar, vivir la vida de otros, inventar un cuento lleno de ventajas para mí. La eterna idea del cuento lleno de ventajas que parece que Julio Medem escribió pensando en mí. Y ya me conoces, sigo queriendo descubrir el mundo, bailar con los arrecifes debajo del mar; que la naturaleza y los libros me consuelen. Necesito que vuelvas. Quiero contarte un sueño que tuve. Que encontré para mí. En realidad, era más una pesadilla; porque no podía escribir. Soñé que mi miedo a no tener una historia que contar me paralizaba tanto, que optaba por no intentarlo. Pero entonces aparecías tú, en forma de Fele Martínez, con una cerilla prendida en la mano, pidiéndome que cantara una canción para ti. Con esa fuerza que tienen las historias de Amenabar. Pero tú no lo hacías para calmar mi miedo a la oscuridad. Bueno, en parte sí. Pero también para lanzarme un desafío, una pregunta. Para sacarme de mi zona de confort, retarme a cualquier cosa.  No te he contado que hace poco fui a ver a una psicoanalista, feminista y escritora. Me dio mucha vergüenza cuando me preguntó qué me pasaba. Le dije que nada. Le dije que había ido porque quería conocerla. Y era la verdad. Pero no me atreví a decirle que lo que necesitaba era un aliciente. Que me retase a escribir. No me atreví a decirle que mis inquietudes eran smilares a las suyas, que puedo leer psicología por mi cuenta; que Foucault, Lacan, Deleuze, Sloterdijk y Brahms ya pueden ayudarme. Pero solo vi un robot, igual que los demás. Que no me miraba de verdad, que no sentía mi curiosidad. Que se limitaba a tomar notas y hacer preguntas. No le dije que ya sé lo que me pasa. La visión distorsionada de mi mirada. Mis problemas de burguesa acomodada en sociedad de crisis que no sobreviviría ante una desgracia. Ya sé que la fortaleza se trabaja, que la actitud se trabaja, y lo que yo quisiera es que su  receta fuera: vete a escribir sobre los arrecifes coralinos en groenlandia. Como siempre, un tutor intelectual, alguien que me diga cuáles son los pasos, MIS pasos, a seguir. Que me avise de cuáles de mis elecciones serán acertadas, y me explique por qué. No quiero un ser extenro, ajeno, que al mismo tiempo sepa mi vida entera. Quiero lo que yo sería en su lugar. Un choque frontal en el hipotálamo. Bum. 

Suelta el bolígrafo. Va a la cama. Se pone Ruby Sparks otra vez. Valora cada milímetro, cada detalle. Desteñida, se quedar dormida. Despierta como si todo el peso del mundo le cayera encima; habla de Sartre ante adolescentes. Sentirse privilegiada por un día. Y volver a casa para volver a ser estudiante. Y hacer lo que no se atreve a hacer en clase. Mirarse al espejo fijamente, pintarse los labios y restregar la pintura por su cara. Despeinarse. Mirar con los ojos desorbitados, salir de sí, permitirse estallar. Desde la mentira. Y vuelve contenta a casa; porque ahora no necesita un sentido. 

- He estado pensando en todo lo que podría hacer y no hago. Quiero hacer un gran viaje. y aunque no quiero, creo que debería irme sola. Ha sido hoy, mientras pintaba el arrecife de coral. Tendría que ser más simple, poder comunicarme sin palabras; que no me importase tanto lo que otros puedan pensar si dejo salir lo que soy; me asusta demasiado el rechazo, estropear el momento presente. Y eso que me tienen dicho que no debería responsabilizarme tanto de los hechos, míos y de los demás; que el ser humano no se guía por su ética, sino por su instinto. Yo debería saberlo. Pero cuando miro no me atrevo, y la máscara toma forma en mi cara de nuevo. La exigencia de ser perfecta, de no contentarme nunca con lo que soy porque aún puedo mejorar, buscar siempre más y más, desde la insatisfacción permanente. Y de repente lo veo desde fuera, me doy cuenta de lo ridículo que es, y comienzo a estar mejor. El psicótico dice: soy napoleón. El neurótico dice: debería ser Napoleón. Y el sano dice: soy el que soy. Es hora de despedirme de media Verónica, la que lamenta que el tiempo se consume, y lo demás no cuenta.

Se ha ido a dormir,  el cuerpo le pesa demasiado, aunque es pronto. Había estado por ahí con sus compañeros de los de fuera, pero de los buenos. Con ellos siempre lo pasa bien. Pero la noche la ha pasado regular; se despertó de madrugada con sudores y ya no se podía dormir. Además, entre sudores, ha leído una promesa, una carta llena de pavor, honestidad y cariño. Y no ha sabido responder. Cuando ha sonado el despertador estaba dentro de un sueño tan profundo, tan pesado, que auque quería no podía moverse. Y ha preferido seguir soñando, hoy que no trabaja, un rato más. Aunque no debería. Aunque como alumna, iban a ponerle falta. Pero llega. Tarde, pero llega. Y se alegra de estar donde está. De poder añadir a su vocabulario Diapasón, Arpegiado, Anacrusa. El día pasa rápido, pero pesado, porque ha sido largo. También ha discutido sobre política en inglés... y para qué. Ya está en la cama, no puede más; pero ha cumplido sus deberes. Y no puede irse a dormir sin antes escribir lo que no puede decir.

- Esa sonrisa me va a matar. A veces me siento tan estúpida. Es como si el tiempo no pasara, la ingenuidad no termina, sigo siendo capaz de emocionarme en unos ojos aún por abrirse del todo, que solo tienen fe, una fe hermosa, en las personas; en el amor. Y exteriorizan en sí esa belleza. Y yo me siento partícipe. Todavía. Pero soy una cobarde, porque no me atrevo más que a mirar, sonreír, abrazar. Un abismo separa el pecho que se me abre de par en par cuando miro esos ojos tan familiares, sublimes, cercanos, y a la vez tan lejanos. Porque si se hiciese real, se estropearía. Y los contadores de historias, prefieren pensarlas, sentirlas, escribirlas, antes que vivirlas. Y yo sólo quisiera tener el valor de  sobrepasar un día esa barrera, o hacerle jurarme que su vida estará a la altura de lo que promete. 

Y sonríe mientras un sueño profundo la invade, hoy está satisfecha con quién es.
Pero no siempre es tan fácil. Ella intenta crear belleza de donde sólo hay mugre, pero en  realidad no desaparece la lucha diaria. Después están los madrugones, los despertares en que no ve nada claro; y sigue por inercia. Intenta comunicarse con el mundo, y cuando se frustra, cuando  intenta comunicar su frustración, la mandan a leer a Jünger. Le dicen que piense menos. Que monte una comuna. Que nada, ninguna formación política, salvará su situación.

Han pasado tantos días que el abismo bostezante ha dormido catorce veces; se acumulan las lecciones que aprender, pero el calor va llegando, los días son largos y soleados;  el amor acompaña los días de fiesta, entre abrazos de penumbra. La ilusión por viajar juntos. Leer medio Rojo y Negro de Stendhal en un suspiro de dos días. Los dibujos se acaban y cada vez le gustan más. Y no se puede quejar. Las palabras se repiten en su mente: aprovecha esto que tienes, haz algo con ello. Y no busques la justicia en el mundo. Y deja de pensar en lo que no tienes, parte de tu ahora. No seas tan dura y perdónate. Y es una mezcla de tantas cosas... sonrisas de los alumnos,  complicidad en las bromas, gustos comunes compartidos: "¿Has visto el último de juego de tronos?". Amigas tan preciosas, especiales y humildes, y aquí está, con un presente prometedor y vivo entre las manos; tanto que se le escurre. Aunque el porvenir no se vislumbre, y sea como nubes extrañas desde el horizonte.




No hay comentarios:

Publicar un comentario